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Epidemia educativa

  ¿Qué está haciendo la covid-19 con nosotros? Cabría esperar que nos esté volviendo más solidarios, más empáticos, más unidos, más fuertes y que no solo nos esté matando. Se ha hecho evidente que el hambre y la soledad destruyen tanto como este virus y que la indiferencia aún más. En Perú, estos aspectos se agravan debido a la pobreza. Por ejemplo, pese a las restricciones, en muchos bares y discotecas se atiende a puerta cerrada. Sus dueños alegan su justo derecho a trabajar, pues tienen hijos que alimentar y deudas que pagar. Ni ellos ni sus clientes consideran que el personal de salud (médicos, enfermeros, técnicos, laboratoristas, etc.) se contagia, incluso muere, precisamente ejerciendo su derecho a trabajar. Hallamos en las redes comentarios tan inhumanos como que los médicos no deben quejarse, pues es su deber cuidarnos, que se les paga por ello y que no fueron obligados a seguir ese camino; por lo tanto, deben asumir las consecuencias de sus decisiones. Entonces, siguiendo e
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Amores en diminutivo

Le tengo aversión al trato cariñoso, a las palabras dulces, a los abrazos. Tampoco me gusta el diminutivo después de mi nombre. Estoy segura de que es inevitable que se escape un poco de saliva al pronunciarlo ( nombrecito con salivita ). Felizmente, hasta ahora he salido indemne de esta mala costumbre. A propósito de nombres con diminutivos (hipocorístico, me corregirá alguien), me viene a la memoria una mujer que compartió muchos años conmigo y a quien mis amigas llamaban, con cariño sincero, Teresita. La conocí cuando, por recomendación de mi terapeuta (será una buena manera de conocer gente, de socializar, de distraerte, me dijo), me inscribí en una academia de marinera a donde acudían mujeres ya mayores con quienes _quién lo creería_ llegué a compartir muchas tardes de baile, de cine, de tés.   No sé qué hacía con ellas. Me dejaban estar allí y punto. Yo escuchaba, miraba, evocaba recuerdos ajenos, comía pastelitos y estornudaba con cierto ritmo que las hacía reír. T
Afán de cuerpo ¡Afán, afán de cuerpo! Querer vivir es anhelar la carne, donde se vive y por la que se muere. Se busca oscuramente sin saberlo un cuerpo, un cuerpo, un cuerpo. Pedro Salinas Un día, encontré a uno de mis alumnos llorando junto a la puerta del salón de clases. Cuando le pregunté la razón del su llanto, me dijo que había perdido su cuerpo. Ante su respuesta, pensé que estaba ante un genio con una crisis precoz de identidad o ante un niño con problemas emocionales. Entre sollozos, señaló uno de los muros y me dijo: “Yo lo puse allí”. Al mirar, vi colgados en un cordel trozos de cartulina con hombrecitos de plastilina que los niños habían elaborado en su clase de ciencias. En el lugar que debía ocupar el proyecto de este alumno, solo se hallaba la etiqueta con sus datos. Cuando lo encontramos, me quedé sorprendida al ver su tamaño: no sobrepasaba los cinco centímetros. Pensé que reflejaba cómo él se autopercibía: pequeño e insignificante. Luego, consideré qu
El puente de los sentidos Mamá tenia una amiga ciega. Me enteré de que lo era después de muchas visitas a su casa, ya que desempeñaba todas sus tareas con mucha soltura. La vi atizar el fogón, servir la comida, colar el café, buscar las gallinas y moverse por toda la casa construida sobre los desniveles de un cerro.   Si no me percaté de su condición fue porque, como toda niña, prefería el juego infantil a permanecer quieta y muda en medio de adultos. Pero ya a los once años, los juegos me resultaban sosos y las anécdotas de los mayores capturaban mi atención, además que me volví más observadora, así que, en una de esas largas visitas de cumpleaños, abrí mis ojos ante la ceguera de doña Octavia. Desde aquel momento, llamaron mi atención aquellas personas que se relacionaban con el mundo con menos sentidos que el resto y que incluso desacollaban, como Helen Keller, la discípula sordociega de Anne Sullivan. Por lo aprendido en la escuela, sé que conceptualizamos el mundo a part
Esta entrada es de aquellas que estuvo mucho tiempo rondando este blog como en salida dubitativa. Hoy decidí darle un empujón e ingresar para quedarse. Espejo Hace unas semanas, cuando una llamada cambió mis planes de almuerzo, me bajé desesperada de la combi ante el primer restaurante que vi. No tenía hambre, pero como era hora de comer simplemente decidí hacerlo. Era un lugar simpático, muy iluminado y cálido, hasta tenía un no sé qué de hogar ordenado y limpio, con sus mesitas de madera, mantel, florero y meseras de cuerpo rechoncho con disposición natural para hacerte sentir en casa.  N o evoco este sitio ni por su ambiente agradable ni por su comida sencilla, sino por las mujeres que en ese momento ocupaban sus mesas. Todas eran mayores. Alguna podría haber sido mi abuela, otra mi madre, la del fondo su hermana mayor y la que estaba junto a la ventana, su amiga de infancia. No habían ido en grupo. Cada cual, sentada a su mesa, miraba el vacío insondable de nin
Mientras estés a mi lado El verano del 86 fue especial para mí. Fueron mis primeras vacaciones fuera de casa, pero no en una playa, sino en un convento. Mi hermana mayor, que fue religiosa, obtuvo el permiso de su superiora para hospedarme en su celda. Creo que no había ningún plan de cómo ocuparía mi tiempo. Llegué allí porque mi hermano la retó y a ella no le gustaba perder. Yo no tenía mayores expectativas, salvo la ligera ilusión de conocer el mar, Miraflores, el Hipódromo de Monterrico y el Campo de Marte. Los demás lugares no despertaban mi curiosidad y, por otro lado, ya conocía el Centro, el Aeropuerto y la zona más alta de Payet. No sabía el nombre de las calles, pero recordaba que estaban envueltas en una especie de niebla grisácea, que a veces era blanca. También recordaba su olor, un olor nostálgico que se oponía al olor alegre de Huánuco. No tenía planes ni temores. Después de instalarme en la celda de mi hermana, de adueñarme del olor del convento, de saludar a la

La ventana del exterminador

En este día ¿? de cuarentena, me encuentro escribiendo este post sin el deseo de levantarte los ánimos (si los tienes por el suelo) o de brindarte consejos para evitar el contagio; tampoco deseo repetirte la consigna de moda. Hoy solo quiero reflexionar (en voz escrita) sobre el valor de las puertas y las ventanas, que en estos días se han convertido en objetos de reflexión para mí. La puerta es el límite de nuestros dominios. La frontera de nuestra intimidad. No importa de qué esté fabricada, madera, metal, calamina. La puerta es el pudor materializado de nuestro hogar. Es apertura y cierre; también protección y seguridad. Quien quiera franquearla debe llamar antes, debe obtener nuestra autorización. Cuando la abrimos, abrimos nuestro mundo, nos integramos al universo, anclamos en la historia. Detrás de ella hay un hogar, un templo, un salón de clases, un hospital, una habitación elegante, una habitación humilde, una fábrica, una oficina. Detrás de ella hay múltiples escenario